lunes, 23 de noviembre de 2009

Dolorosamente bello

La apreciación de lo que se denomina bello y estético en cuanto al físico y apariencia humanos es particular de grupos sociales, económicos, culturales, regionales, educativos y demás, aunados a convenciones sociales generalizadas provistas a todos por el mundo del entretenimiento globalizado. Nada nuevo.

El dolor y el sufrimiento también están sujetos a las mismas convenciones y criterios, y si bien su relación con lo bello no nos parece muy cercana en primera instancia, hoy más que nunca están ligados en una macabra danza de vanidad, estereotipos y verdaderas estupideces.

Las modificaciones físicas a través de dolorosas y violentas técnicas en el humano a raíz de todo tipo de preceptos datan de tiempos ancestrales. Una vasta cantidad de tribus, pueblos y culturas desarrollaron prácticas que iban más allá de simples adornos. Se trataba de modificaciones permanentes al cuerpo, no pocas con consecuencias graves en edades avanzadas de quienes se sometían a las mismas.

Cuellos extendidos por aros de metal, cráneos aplanados por placas prensadas, afilado de dientes e incrustaciones de piedras preciosas, fractura y vendado de pies para evitar su crecimiento, escarificación por quemadura o inserción de tinta por medio de agujas en la piel; todos estos, ejemplos de prácticas antiguas a las que se han unido las nuevas tendencias de la vanidad y la búsqueda de lo bello y su apreciación en un contexto social: reposicionamiento de grasa corporal para reducir una parte del cuerpo y aumentar otra, prótesis de diversos materiales, tanto sintéticos como naturales, inyección de veneno en la cara, traslado o eliminado de cabello y vello, dietas y prácticas alimenticias para evitar aumento de masa corporal o peso, engrapado quirúrgico de estómago para reducir el apetito y el volumen, eliminación de piel sobrante para desvanecer arrugas o estrías.

Vivimos en la apoteosis de vanidad y las cirugías innecesarias.

Abre paréntesis. Las cirugías reconstructivas motivadas por enfermedades, mutilaciones y defectos congénitos se salvan totalmente de mi cinismo, ya que pretenden brindar al paciente un sentido de 'normalidad' que no estaba ahí para comenzar, o que se había perdido. Estas líneas pretenden enfocarse en vanidad y narcisismo por vía del bisturí y la jeringa. Cierra paréntesis.

Es elección de cada uno de nosotros nuestra apariencia, pero no se trata sólo del largo del cabello (si uno tiene, claro) o la ropa que se usa. Las modificaciones a las que muchos se someten no son meramente estéticas, son estructurales y físicas, y el dolor que soportan es el precio que pagan por verse más apetecibles, aceptarse un poco más como persona o alimentar el amor propio.

El problema no se queda en sólo una dolorosa recuperación. En el fabuloso mercado de la belleza por intervención humana, los charlatanes, estafadores y carniceros han hecho agosto con las personas con pocas ganas de permanecer como son. La lista de desperfectos resultantes es tan larga como la imaginación puede dar, desde una nariz que no quedó tan respingada, o parece pellizquito de arcilla, pasando por implantes desiguales en senos e inyección de anticongelante o aceite para auto en traseros, hasta simplemente la muerte.

¿Vale en serio la pena inflarse pómulos y labios hasta parecer víctima de ataque de abeja asesina o boxeador amateur en el octavo asalto? Si empiezas con una manita de gato, finalmente terminas dándote el zarpazo de tigre entero ya que uno se vuelve adicto al embellecimiento artificial. ¿Qué se puede pedir realmente en un mundo de plástico como el actual?

Una de mis conversaciones favoritas, en la cual participé sólo como oyente, sonó más o menos así:
Mujer insegura: "Tengo 30 mil pesos. ¿Qué crees que sea mejor, operarme el trasero y ponerme pompas o irme un mes a París?"
Hombre cínico: "¿Por qué no te vas a París y con lo que te sobre tomas terapia para aumentar tu autoestima?"

Un clásico instantáneo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario